lunes, 31 de octubre de 2011

Postergacionismo y procrastinación

Ustedes saben que las planificaciones son, muchas veces, ridículas. Tanta premeditación, sabiendo que un rastrojo puede hacer una revolución. Puede estar brotando una semilla en algún lado, su diminuta raíz blanca, prístina, y endeble, rompiendo la dura cáscara para salir victoriosa al mundo de los más fuertes. ¿Y qué si ese brote se hizo árbol y ese árbol cayó con una tormenta arriba del bondi que te ibas a tomar hoy por la mañana? No, la verdad es que no pasó eso, pero podría haber sido así, por qué no. Acá no hay tormentas. Lo que sucedió es que dejé todo para último momento, como siempre, y era muy tarde y todavía no había recibido una respuesta fundamental por mail, entonces me dí un día más para eso, para ver qué onda. No puedo caer en Cuenca sin alojamiento, si es que quiero evitar pagar por él, si es que quiero evitar pedirlo por medio de charlas y chamuyos en organismos públicos, entregándome a la posibilidad de no conseguir nada. Así que acá estoy, otra vez en la computadora boludeando. Dejo para la tarde todo lo que no hice ayer, como guardar todas las cosas, revisar bien la casa, no olvidarme nada, ir a mendigar a un supermercado, lavar alguna ropa. Veo la hora y ya es la tarde. La historia de la postergación. ¿Y así se pasa la vida, postergando, dejando pasar para más tarde, incluso retrasando los mejores momentos? ¡No, ni en pedo!

El cielo y la noche


A las 23 cortan la luz. Faltan 5 minutos. Caen las últimas gotas de lluvia. La luz se corta.
Canta un gallo equivovado. Lejos, otro gallo hace lo mismo. Tres veces.
Los gallos no saben nada del tiempo. Qué sabemos nosotros de los gallos.
La luz se fue hace tiempo, a las 18. A las 23 se va otra cosa. Algunos deben dejar de ver televisión. Los pollos congelados perderán la cadena de frío. La mayoría recibe el momento en la cama, ya dormidos. Otros tantearán paredes con las manos para llegar al baño.
Están los que salen a hacer pis al jardín y, en ese minúsculo y minucioso paréntesis sin luz eléctrica en el pueblo, descubren el cielo y la noche. Estrellado, nublado, con o sin luna.
El cielo.
Y la noche.

Los botes mecidos por el agua se acarician, se golpean, encallan, crujen. El río sigue bajando en la noche, llevando todas sus aguas infinitamente. No es de nadie el río, menos aún cuando el silencio de la luna lo templa y las canoas amarradas lo dejan pasar.

domingo, 30 de octubre de 2011

Cápsula anti-tsunami

Otro día de encierro voluntario. Es domingo, pero ya no lo noto tanto. Sí empecé a notar una diferencia en todos los días, y es que hay cada vez más días despejados. Eso significa una tortura. Calor. No transpiro mucho, la verdad, pero sí tengo un olor a chivo que mato. Terminé algo de Bukowski, y empecé otro. Como un virus. No hay mucho más para contar. El resto es alimentación, uso de los servicios higiénicos, y uso de la computadora e internet hasta lograr altos grados de estupefacción (estupefacción: estupor: Disminución de la actividad de las funciones intelectuales, acompañada de cierto aire o aspecto de asombro o de indiferencia.). Todo sin ningún tipo de asombro. Bueno, es cierto, no fue todo como un día en la vida de Chinaski, tuve mis momentos de placer y de risa, a pesar de que el caudal de la ducha se haya vuelto cada vez más miserable y el agua haya dejado de ser caliente y haya terminado de bañarme con un triste chorrito de agua fría. Desde afuera se tolera más la desgracia, sobretodo la propia.
Mañana salgo de este estado de entumecimiento, rompo la cápsula anti-tsunami para ver qué pasa allá afuera. De vuelta a la ruta. Y recordaré con nostalgia el miserable chorrito de agua fría. Y sólo me quedan unos restos de yerba mate con gusto a naranja. Animales de costumbre, por suerte. Otro día, ya de vuelta, desde un sillón en un living comiendo empanadas y tomando un buen vino tinto, recordaré con nostalgia una noche sencilla como la que pasé en Bahía de Caráquez, donde dormí en la carpa sin cubretecho en la terraza de una estación de servicio, con una impecable vista de 360°: las sierras, la ciudad, la bahía, el puente, el agua tranquila del mar y sus barquitos flotantes.

viernes, 28 de octubre de 2011

Estado porcino


Después de tanto tiempo instalado en la misma casa, corrí por primera vez la cortina que está hecha de tiras plásticas que cuelgan. Estoy hablando de una ventanta en un primer piso. Ví enfrente a la gente trabajando en algo relacionado con las bananas, y enseguida tuve que alzar la vista porque no hay nada más allá abajo, y ví techos, antenas, faroles, y unos pocos árboles. Y el cielo. Más cielo que otra cosa, y eso, en este lugar donde todo es cemento y asfalto, donde todo es gris o de cualquier otro color grisáceo, eso reconforta.
Estoy tan jodidamente achanchado... Es increíble, achanchado en Ecuador. En cualquier otro momento de aplastamiento hubiera aceptado inmediatamente una oferta de venir a Ecuador; y bien, ahora estoy en Ecuador y es lo mismo que nada. Quiero decir, lo mismo que cualquier otro lado. Por suerte me dieron un límite de tres meses para permanecer en el país, cosa que me obliga a mover el culo. Sino estaría realmente liquidado.

sábado, 22 de octubre de 2011

Una breve salida

Me puse tapones en los oídos porque la música siempre está muy fuerte en el bar. Me los regaló Eva. Me dijo que era más fácil si los mojaba, entonces eso hice en el baño del bar. Estuve todo el tiempo tocándome las orejas, haciendo gestos extraños con la cara, moviendo los músculos cercanos a las orejas, apretando o sacando los tapones. No escuchaba nada. Antes de ir al bar le agregué ron al jugo que quedaba en la jarra, en la heladera, y me lo tomé todo. Estaba hecho con mora, limón, naranja, jengibre, azúcar, y quién sabe qué más... Lo hizo Eva para su novio que andaba medio engripado. Un verdadero cóctel. No estaba tan mal, y con ron mejoró bastante. El taxi, como todos los taxis y todos los conductores y todos los autos, circuló con movimientos bruscos, yendo rápido cuando era innecesario, y frenando siempre a pocos metros de los obstáculos. Me clavé una hamburguesa sencilla, que incluye jamón, queso y huevo frito. Le agregué mucho ketchup (esta vez no me equivoqué; la última vez no quedaba ketchup en los pomos y pregunté y me dijeron "acá" y había varios potes con salsas y había sólo una del color del ketchup y me serví mucho como siempre y cuando dí el primer mordisco casi me muero, no era ketchup, era ají picante, y bien picante). Bailamos salsa como siempre, y al volver retomé las páginas de Trópico de Capricornio. Ésa es la diferencia de los fines de semana, que salgo de la casa; el resto de los días los paso metido, todo el tiempo en la computadora, y algún rato cocinando, otro poco lavando platos y a veces algo de ropa, tal vez paseando a la perra no mucho más de cinco cuadras.

sábado, 8 de octubre de 2011