sábado, 26 de febrero de 2011

Agua

roja la tierra bajando

el sol secando la humedad
de la última noche


el resto se lo lleva el agua

jueves, 24 de febrero de 2011

La capilla

Se escucha el ruido del balde, vacío, golpeando los ladrillos que andan sueltos alrededor de la canilla para evitar el barro que se forma siempre ahí por el goteo. La canilla siempre gotea. Entra por las dos ventanitas del costado de la capilla, el ruido del balde, las ventanitas que tienen los postigos de madera abiertos para adentro. El cielo está gris allá afuera, sigue gris aunque haya dejado de llover. La lluvia parecía fuerte por tanto ruido que hacía al golpear el techo de chapa, pero no llovía tanto, al menos no tan fuerte, pero mucho sí, llovió mucho, toda la noche. Por suerte nos dieron la capilla para dormir. Pueden dormir en la iglesia, me dijo la señora González, y me di vuelta y al verla dije ah, en la capillita. Sí, es una capilla en verdad, contestó ella. Los ruidos de las cacerolas entran por el otro lado, el de la puerta que está abierta de par en par hacia adentro, de madera como los postigos, pintada de marrón como los postigos. Sentado y quieto, mientras la herida chorrea su sangre oscura, un poco menos que antes ahora, desde la pierna levantada sobre el banco donde otra gente se sienta los domingos cuando viene a misa, cuando también viene el párroco que seguramente viva en otro pueblo, quién va a querer vivir acá. El director de la escuela tampoco está, seguramente venga para el inicio de clases, que es dentro de unos pocos días. Ahora que veo el líquido oscuro saliéndoseme, pienso que no es un lugar para morirme. Quién va a querer morir acá. Más allá de la puerta se ve la calle, embarrada de tanta agua que cayó. Los mosquitos van a estar bravos en pocas horas; algunos habrán muerto, porque como los pájaros muchos mueren de mojarse. Pero nacerán muchos más mosquitos en los charcos nuevos, seguramente, para hacernos la vida imposible, que para eso están los mosquitos.