sábado, 27 de junio de 2009

Siéndome

de y a dónde ir y venir te arruga, viejo,
a veces sí y mañana aquí lo mismo no -
cuántas vueltas de aprender a hacer
y hacerme lo que dicen hombre o algo
sin nombre,
siéndome en cada esquina, inventándome
(a mí y a vos) entre días como jueves
y domingos

martes, 23 de junio de 2009

martes, 9 de junio de 2009

Ennochecimientos

sobre andamiado te callejuela de andros malabar
en demientras vergel sometiendo terco quesos
me dice verde en rebordecido fragor de calendulares
ennocheciendo labiales imaginarios
cortésmente
de lo que te sé no es sin más reconfortándonos

Andares nocheciendo

En el sueño de haber dormido poco aparecen, sin llamarlos, los recuerdos de aquellas noches antes de emprender los regresos. Los comienzos (una lamentable fiesta de disfraces) anticipaban el desastroso final (hoy me enteré de los entretelones, de los terribles componentes por mí desconocidos). Se enfrió el último trago del té, cuando las palabras se acomodaban y los significados buscaban hilarse en las butacas de mi pensar.

La cortina de esterillas entrevera luces del farol de calle y cielo aún sin amanecer aunque siendo azul aclarando. Alzo el costillar a destiempo -hay un deseo del cuerpo de seguir durmiendo. Mientras tanto el agua se calienta en la hornalla más grande y el tostador en la más chica. Debo cambiarme (estoy en pijama); en el curso del desayunarme estaré vistiendo los pantalones y la camisa del deber ser. Hay que vestirse como dios manda.
Salta una chispa de la salamandra cuando acomodo dos leños y me da justo en el ojo izquierdo. Grito. Temo un segundo por mi visión, pero me doy cuenta que veo. Grito, y estornudo, y babeo. Voy al baño para mirarme al espejo: tengo una marca en el párpado. Me froto, me duele, arde.

Apacible llovizna

Alfredo bajó del auto, después de la confusión, y caminó hacia la parte delantera. Se detuvo entre el suyo y el gris, y se agarró la cabeza con las dos manos diciendo "no lo pude frenar" (silencio de tres segundos), "no lo pude frenar".
Ignacio volvió de la farmacia con sus pañuelos descartables y un bocadito de chocolate para la pasajera del taxi. Vio que no estaba. "¿Se fue?", me preguntó -"¡Le había traído un Marroc!". La llovizna seguía cayendo -sobre la bolsita de nylon de la farmacia, sobre el anotador que en mi mano llevaba con los datos, sobre los pedacitos de plástico del farol, sobre los adoquines ya mojados, y en los intersticios. Abrimos otra vez el capot para verificar que no hubiera una pérdida de agua o alguna parte mecánica rota. Era una linda noche.
A veces lo imprevisto, incluso cuando es adverso, no deseado, me trae cierta tranquilidad, como si pudiera dejar de tomar decisiones tras comprobar que el mundo no se somete a mis leyes; una suerte de descanso para la voluntad. (Tomo el último trago de vino). Comí el bocadito que me dio Ignacio.